Salí corriendo de mi casa, y cuando la encontré estaba tirada en el suelo, sangrando. Yo, bastante nerviosa, intenté reaccionar deprisa:
-¿Qué ha pasado?
-Iba patinando y me encontré con unos niños de mi otro colegio. Estos se empezaron a reír de mí, me distraje y me caí. Intenté avisarte, pero vinieron hacia mí y uno de ellos me pegó una patada en la rodilla con la que me había dado el golpe y empezó a sangrar. Cuando vieron que empezó a sangrar, salieron corriendo. Luego os llamé a mi madre y a ti.
De repente, me agobié y empecé a gritar:
-¿Qué te ha dicho tu madre?¡Podrías tener la pierna rota!¡Vamos a llamar a la ambulancia!¿Dónde se fueron esos niños?¡Los podemos denunciar por pegarte!
-¡Rose tranquila! Mi madre ya ha llamado a la ambulancia y viene de camino.
-Vale, -respondí un poco más calmada.
-Lo de esos niños ya se resolverá más adelante.
En eso no estaba tan de acuerdo. En ese momento me entraron ganas de levantarme, buscar a esas personas y gritarle todo lo que pudiese y más. Pero sabía que Nora no se iba a quedar allí sola esperando a su madre. Me quedé allí sentada intentando tranquilizarla, aunque para tranquilizar a alguien primero debes calmarte tú misma. 15 minutos después llegó su madre, que la acompañó a la ambulancia, que venía detrás. Nora me dijo que no me preocupara, pero era imposible.
Me fui a mi casa y le conté todo a mi madre, con lágrimas en la cara. Ella me dijo que me tranquilizara, pero antes de que pudiese empezar a hablar, el teléfono empezó a sonar y lo cogió. Mientras hablaba, su voz era de preocupación, aunque intentó disimularlo para que yo no me pusiera más nerviosa de lo que estaba mientras ella hablaba. Cuando terminó de hablar, le pregunté:
-¿Quién era?
-Han llamado desde el hospital. A tu abuela le ha dado un infarto y la acaban de ingresar.- Dijo ella
Yo comprendía que se tenía que ir, pero seguía estando mal, y ahora aún peor tras esa mala noticia. Pero mi madre no se movió. Me resultó bastante extraño, así que le dije:
-¿No vas a ir?
-No te voy a dejar aquí sola llorando hasta mañana cariño.- Me dijo.
-Mamá no te preocupes, ahora me pongo a escuchar música y seguro que me tranquilizo. Cuando llegues hablamos.
Me costó un cuarto de hora convencerla, con la escusa de que mi tía seguro que no iba a poder quedarse en el hospital debido a su trabajo.
Antes de irse me aseguró que cuando llegase al hospital me llamaría y me informaría sobre todo lo que había ocurrido. Me sacó un taper con spaghettis de la nevera y me dijo que podía cenar eso.
Cerró la puerta y se fue. Intenté calmarme, pero fue imposible. Ese no era un sentimiento que la música pudiese curar.